Desde mi infancia recuerdo haber entonado esta melodía con tanto fervor y con un deseo muy sincero en el corazón. Quizás mucho de los que leen este portal también han tenido la misma experiencia.

"yo me rindo a Él, con el fin de serle fiel, para siempre quiero amarle y agradarle solo a él".

 

Son promesas muy fuertes a Dios, son compromisos muy profundos y personalmente creo que nadie puede cumplirlos al pie de la letra. Realmente nadie es totalmente fiel a Dios.

Cuando reflexionamos en algunos hombres de Dios, que la Biblia nos relata y hacemos memoria de algunos de ellos, por ejemplo: Abraham, Moisés, David, Salomón, Saúl, Jonás, etc. Todos tenían ese mismo fuego de "yo me rindo a Él"; pero sencillamente como hombres le fallaron a Dios en su peregrinar por esta vida.

¡Ah¡ pero hay una cosa que no falla en el hijo de Dios, y es ese fuego prendido, es una llama ardiente, una pasión que nunca se desvanece, un anhelo de entregar toda su vida y desear con todas sus fuerzas serle fiel al Señor.
      

La Biblia describe a Dios como un “fuego consumidor” (Hebreos 12:29), así que no es sorpresa que el fuego aparezca a menudo como un símbolo de la presencia de Dios.

 

Los ejemplos incluyen la zarza ardiente (Éxodo 3:2), la gloria del Shekinah (Éxodo 14:19; Números 9:15), y la visión de Ezequiel (Ezequiel 1:4). También es la señal de su poder y de su presencia, véase los pasajes de (Jueces 13:20 y 1 de Reyes 18:38).


Por razones obvias, el fuego fue un elemento importante para los sacrificios del Antiguo Testamento. El fuego en el altar de las ofrendas fue un regalo divino, habiendo sido encendido originalmente por Dios mismo (Levítico 9:24).

 

Dios encargó a los sacerdotes que mantuvieran su fuego encendido continuamente.

(Levítico 6:13).

¡Oh! que maravilla la de mi Dios, Él nos mantiene encendidos y hoy a través de la presencia misma del Espíritu Santo en nuestras vidas nos ratifica incansablemente el fuego de Dios.

El Espíritu Santo nos revela la misma presencia de Dios, Su pasión y Su pureza. Es quien también nos convence de pecado, de justicia y de juicio constantemente.

(Juan 16:8).

Es el Espíritu Santo quien mora en el corazón del creyente (Romanos 8:9) y da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. 

Bajo esta nueva perspectiva de este fuego que mora en nuestros corazones es que podemos seguir entonando esta melodía con gozo y con confianza en la fidelidad de Dios.

El fuego lo puso Él y no es mío.

¡Qué misterio! Es Dios quien lo mantiene vivo no es mi vano esfuerzo religioso o el poder de mi propia voluntad.

 

Hubo años de mi vida que Satanás me argumentaba y me cuestionaba sobre mi compromiso con Dios. A cada rato ese espíritu de mentira me restregaba en mi cara mis faltas y defectos para desanimarme de este fuego por rendirme a los pies del Señor.

¡Pero el fuego ha estado siempre ahí

y nunca Dios lo apaga!

 

El demonio me preguntaba: ¿te has rendido realmente a Dios? ¿es cierto esto? ¿es verdad que tú quieres serle fiel?

Ahora bajo el toque de la gracia divina y de ese fuego que como en el Shekinah brillaba para la Gloria de Dios le respondo a Satanás de esta manera:

 

Sí, sí me rindo a Él y si quiero serle fiel y sabrás de una vez y por todas que lo ha dicho Jehová de los ejércitos: 

"Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana". (Isaías 1:18). 

 

"Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí". (Isaías 44:22).

 

Vuelve la gracia a enseñarme claramente en el Antiguo Testamento: ¿quién invita a venir, al que ya había redimido? ¿quién toma la iniciativa? ¿quién transforma el rojo carmesí a blanca lana? ¿quién deshace mis rebeliones? y ¿quién es el que me redime?

Todo lo hace Dios,

me rindo porque Dios me hace rendirme. 

¡Toda la Gloria la merece Dios! 

y yo me quedo sin ninguna.

Si fuéremos infieles,

Él permanece fiel;
Él no puede negarse

a sí mismo.

 

2 de Timoteo 2:13

Dios

AVIVA

EL FUEGO

EN TI

Es la Tercera Persona de la Trinidad la que nos rectifica todos los días que la Gracia de Dios está en nosotros y que nos sostiene en medio de todas nuestras infidelidades. 

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