Muchos creyentes han tratado de leer y estudiar para entender el significado correcto de la Gracia de Dios. Tristemente tratan de comprender un misterio del cielo como si fuese una fórmula matemática o una ecuación de química.

 

Definitivamente creo que el insondable tema de la gracia de Dios es un asunto muy mal entendido por los cristianos de hoy. Sin embargo, es la doctrina de la gracia un aspecto fundamental y exclusivo de la fe cristiana. La gracia de Dios es una revelación al creyente del carácter de Dios, de su amor y perdón a favor del pecador a través de la obra de Cristo.

 

Los dedicados a las matemáticas y a las ciencias abstractas han tratado de explicar un universo infinito y los conceptos de La teoría de la Relatividad definiendo un símbolo llamado lemniscata para describir el infinito.

Este símbolo en las ciencias esconde los conceptos tan extraños y poco intuitivos de los misterios de lo infinito. El símbolo del infinito normalmente se usa para expresar las cosas que no tienen límite.

 

Concepto que es muy difícil de asimilar a plenitud en nuestras mentes corruptas y finitas. Un ejemplo de ello es el concepto de un universo que se expande todo el tiempo a velocidades cercanas a la de la luz.

 

Este símbolo matemático lo habremos visto en alguna vez de nuestras vidas los que hayamos estudiado las matemáticas modernas; sin embargo no puede la mente del hombre entender a plenitud el infinito porque sencillamente no estamos capacitados para ello.

 

Estoy seguro de que este ocho tumbado y sin un punto en el que pueda terminar su eterno recorrido no puede describir el infinito e inmensurable amor de Dios. ¡No sé qué sería de esta tierra y de nosotros, los pecadores si la Gracia de Dios no fuera nuestro sustento y supervivencia.

 

Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.

(Lamentaciones 3:22 y 23).

Concluímos que la gracia de Dios no nos enseña a pecar, ni a esconder nuestras culpas, tampoco esconde la verdad de nuestra propia carnalidad sino que nos revela constantemente nuestra depravación. La gracia de la verdad nos hace amar a Dios indescriptiblemente no por su juicio sino por su amor.

 

La gracia nos señala a Cristo, nos presenta a Cristo, y nos atrae constantemente a Cristo. La gracia nos enseña a vivir alabando a Dios todo el tiempo porque nos ha enviado a Jesucristo quien nos ha amado con un amor sin igual, quien tiene encarnada toda la gracia y la verdad de Dios. (Juan 1:17)

 

Más que una cuestión de entender la gracia de Dios, y de haberla estudiado, o incluso tener la capacidad de verla fluir en tantos pasajes de las Escrituras que pueden ir desde el Génesis hasta el Apocalípsis, es una cuestión de haber experimentado (alguna vez en la vida) sentimientos muy profundos en el corazón.

 

¿Ha sentido usted la gracia de Dios? ¿Ha llorado alguna vez frente a ese amor insondable que le abraza sin conocer el por qué? ¿Ha sentido usted a un Dios soberano que le ama con un amor infinito sin tener usted a la mano la más mínima explicación de esta bondad? ¿Ha comprendido en lo más profundo de su alma su insuficiencia para sorprender al Creador? ¿Has llegado a la conclusión de que es Dios quien te sorprende?

 

Ojalá que mi amigo lector lo haya sentido alguna vez porque si así no ha sucedido entonces puedo asegurar que su fe cristiana es hueca, seca o sencillamente muy religiosa.

 

Los cristianos se pueden dividir en dos grandes grupos al contestar esta profunda interrogante:

 

¿Disfrutamos continuamente del favor inmerecido de Dios? o ¿estamos en una lucha constante por ganar el beneplácito del Creador?

La gracia y la verdad van juntas y de la misma mano y a la vez son inseparables. Todo cristiano que ha captado el misterio de la Gracia del Salvador está en la verdad y tiene una fe sólida y firme contra toda corriente y viento de doctrina que se levante con una incorrecta interpretación del genuino Evangelio de Jesucristo.

 

No es posible separar la gracia de la verdad porque la gracia de Dios distingue a la fe cristiana y la hace única separándose por completo de todo tipo de religión que pueda haber en esta tierra.

 

Si podemos sentir la gracia de Dios, sentimos a la vez la revelación de Dios en nosotros y sin duda alguna estamos seguros de que la verdad de Dios está en nosotros. A la misma vez que nos damos cuenta de que ha acontecido así por la Soberanía de su Santa Gracia.

 

Somos liberados de nuestra condenación eterna, y ya no pertenecemos a un grupo religioso sino a los hijos escogidos (por la Santa Gracia) de Dios.

 

(Romanos 8:28-35)

La gracia nos traslada de las tinieblas a la luz,

y de la esclavitud a la libertad

gloriosa de los hijos de Dios. 

 

 ¡Aleluya! ¡Gloria bendita sea a esta Gracia que nos ha salvado!

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