Escuchamos por las calles del mundo desde un continente hasta el otro las multitudes que gritan: ¡justicia!  ¡justicia! ¡justicia!

No hay un lugar en esta tierra que el hombre no anhele con ansias la verdadera justicia. En lo más profundo de nuestros corazones hay una sed, un fuego, una desesperación por la justicia. ¡Queremos ver la justicia en marcha!

Personalmente he anhelado la justicia; pero he tenido que aprender por la disciplina del Señor a esperar y a seguir esperando porque no parece llegar la dichosa justicia.  

Los pobres gritan ¡justicia!, pues los ricos les arrebatan sus medios de producción y los explotan por miserables sueldos. Los ricos a su vez gritan por ¡justicia! pues consideran que son merecedores de las propiedades que poseen por sus sacrificios y trabajos.

Los homosexuales y lesbianas se proclaman en huelgas proclamando justicia por sus derechos y respeto. Los padres salen a las calles, al igual reclamando por hijos desaparecidos y gritan ¡justicia! 

Los crímenes, asaltos y secuestros están a la orden del día por todas las partes de la tierra y los gritos desesperados se escuchan en cada noticiero: ¡justicia!  ¡justicia! ¡justicia!

Vuelven los hombres en su necedad a olvidar una verdad bíblica: ¡No hay justicia en en esta tierra! Y nadie podrá hallar un nivel de justicia perfecto y digno. 

 

La justicia del hombre está totalmente dañada, destrozada, desmantelada, nublada por el pecado y la maldad. Allí mismo en el huerto del Edén el hombre perdió toda su capacidad de juzgar correctamente. La necedad de Adán se observa de una manera evidente en su argumento frente a Dios: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí".(Génesis 3:12)

 

Es tanta la necedad de Adán que comienza de inmediato a culpar a Dios. Esto revela su incapacidad de juzgar. No fue capaz de tomar su responsabilidad de hombre y cabeza. No puede reconocer el haber abandonado a su compañera o de no haberle invitado a acompañarle en sus labores.

 

Dios declara que todos somos pecadores y que no hay ni aún uno de nosotros que sea bueno. La Biblia nos enseña que todos nos hemos descarriamos como ovejas y que cada cual se apartó por su camino (Isaías 53:6). Que todos estamos destituidos de la Gloria de Dios. (Romanos 3:23).

Como está escrito:  No hay justo, ni aun uno; 

No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno". (Romanos 3:10-12).

La palabra evangelio procede del griego "evangel" que quiere decir el anuncio de un hecho histórico y transformador. Es la coronación de un nuevo rey o de una gran victoria militar.

 

El evangelio entonces son buenas noticias y no son buenos consejos. El evangelio no son instrucciones de como ganar el cielo sino que es la noticia de algo grande y celestial que ha sido hecho por nosotros: los pecadores.

 

¡Que triste ha sido para mí! El haber escuchado a tantos predicadores proclamando consejos y cosas por hacer para alcanzar la justicia de Dios, sinceramente que creo que el cristianismo es agotador y agobiante de esta manera. Es sencillamente una religión.

 

Los cristianos evangélicos necesitamos estar seguros de que el genuino evangelio de Cristo significa noticias de algo que ha sucedido en la Cruz del Calvario por nosotros y que este hecho está consumado y realizado por Dios mismo.

Y esta es la justicia de Dios: "Al que no conoció pecado {a Cristo}, por nosotros {Dios} lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en El" (2da de Corintios 5:21).

 

Es que Dios comprendió desde las edades eternas que todos nosotros somos una partida muy grande de pecadores. Ninguno de nosotros en esta mundo podrá alcanzar el nivel moral que Dios reclama para presentarnos ante su presencia.

 

Por tanto, Dios decide descender, bajar, hacerse humano y morir en forma de Hijo de Dios: ¡Jesucristo hecho carne!

Dios en su justicia perfecta y en su manera más sabia declara: "El que en Él (Jesús) cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios"

(Juan 3:18). Todo pecador que descanse totalmente en esta justicia operada por un santo que muere por él, será justificado.

Es evidente que no se trata de un sencillo juego de palabras y de expresiones religiosas sino que esto es una actitud de fe y de una convicción muy profunda en el corazón del que cree. Cuya certeza y milagro sólo lo regenera y lo sustenta la obra perfecta del Espíritu Santo de Dios en el creyente.

¡Qué misterio del verdadero evangelio! no adulterado, puedo ser considerado justo por Dios sólo por la fe en el sacrificio perfecto de su Hijo y punto. Justificado soy por la fe y nada más. (Romanos 5:1).

Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1ra de Pedro 3:18).

 

La Palabra de Dios puede hablar por sí misma. Y suplico a Dios que pueda revelarse a su corazòn a través de estos versículos.

Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá. (Galatas 3:11).

Quizás pueda entender algo mejor este video.

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