Mi infancia estuvo matizada por cientos de historias del Antiguo Testamento. Algunos ejemplos de estas quedaban grabadas en mi tierno corazón.

 

Historias como las plagas en Egipto, la esposa de Lot convertida en estatua de sal, las dos ciudades consumidas por fuego, las tablas de la ley, así como los holocaustos y sacrificios de los juicios eran pan diario de cada Domingo en la Escuela Dominical.

 

Dios y su ira formaban las enseñanzas de estas historias del Antiguo Testamento y desde temprana edad fui arribando a la conclusión de un Dios lleno de ira y de mucho resentimiento hacia todos los pecadores.

Mientras que la misericordia es un sentimiento de la compasión de Dios, que le impulsa a Dios a ayudar o a librar del castigo al pecador. Es decir, que Dios no nos castiga por lo que merecen nuestros pecados.

 

Por otro lado la gracia divina es un favor o don gratuito e inmerecido para ayudar al hombre a salvarlo y hacerlo santo. También se entiende que es un acto de amor unilateral por el cual Dios toca a los pecadores y los lleva al arrepentimiento. 

 

Sin duda alguna que la gracia es una combinación de la misericordia del viejo pacto y de la soberanía de Dios. Es el favor ejercitado en pro de la criatura. La gracia es la bondad que Dios extiende a quienes no la merecen. 

 

Es una compasión que emana sólo de Dios y que no hay forma alguna de merecerla. De tal forma que tampoco Abraham la merecía, pero le fue dada: 

 

 Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 

Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. 

(Génesis 12:2 y 3).

¿Quién hará la nación? ¿Quién será el que la bendice? ¿Quién engrandece su nombre? y ¿Quién la hará ser de bendición? Sencillamente sólo la misericordia y la gracia del Señor.

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. (Jeremías 31:33).

 

¿Quién dará la ley en su mente? ¿Quién la escribirá en el corazón? y ¿Quién les será por Dios?

Frente al pecado original del hombre Dios les hizo vestiduras de pieles y los vistió. Esto sugiere la muerte de un animal, hay sangre derramada por medio del cual ha ocurrido un sacrificio.

Dios está apuntando al sacrificio de Cristo que nos cambia de (religión) “vestiduras de hojas de higuera” para cubrir y limpiar nuestra maldad con la sangre derramada

por su Hijo en la Cruz del Calvario. 

Querido amigo lector, si definitivamente esto llega a tu corazón y te traslada de la religión a la relación con Dios, puedes estar totalmente seguro de que no es por tus comportamientos o religiosidad sino porque a Dios en su bondad le ha placido darte el Reino. (Lucas 12:32). ¡Aleluya! 

 

Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. (Mateo 16:17). 

 

Esta gracia expresada en el Antiguo Testamento en forma de misericordia y fidelidad de Dios está por todos los libros de la ley y es la iniciativa de Dios y no la nuestra.

En medio de todas las historias bíblicas se observa la gracia de un Dios fiel y amoroso que afronta el pecado y la infidelidad de nosotros, los pecadores.

Y afirma el Antiguo Testamento, bajo el viejo pacto:

 

Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.  Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. (Lamentaciones 3:22-23).
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