Regalo:

que 

no se gana

y  que no

se pierde.

Hablando un poco de mis llagas... ¡De mi corazón al tuyo!

Cuando abrí mis ojos al mundo me di cuenta que estaba en el seno de una familia pastoral. Mis padres de lleno en la viña del Señor, predicando el evangelio en la isla de Cuba, durante años de mucha represión para los cristianos. 

 

En aquel entonces una teología muy incorrecta golpeó mi corazón y desde edad muy temprana me hicieron creer que la respuesta del hombre a la oferta de la salvación era determinante para el destino eterno de su alma.

La elección de ser hecho un hijo de Dios dependía totalmente de nuestra respuesta <de nuestro libre albedrío> por ende me adoctrinaron que el hombre podía perder su salvación en cualquier momento y a esto le llamaban:

‘La caída de la gracia’.

 

Desde mi más tierna infancia esto sembró en mi corazón un miedo terrible a perder la salvación eterna. Se me reiteraba mucho que debía cuidar mi salvación con ‘temor y temblor’. Y se me hacía hincapié en que cualquier comportamiento pecaminoso podría poner en juego mi status de ser llamado un hijo de Dios. Me borraban del Libro de la Vida.

 

¿Tiene usted idea de los pecados de un niño? Codiciar la merienda de un amigo del colegio, decir al profesor una mentira, cuando fue quien tiró la tiza, retirar de pronto el juguete de las manos de otro niño o querer ir al cine a ver una película que tuviese un arma de fuego o un beso apasionado de dos enamorados.

Si usted es lector de este sitio en el Internet, y quizás es de aquellos quienes consideran que la salvación se puede perder le suplico con todo mi corazón que continúe leyendo este ensayo y llegue a sus conclusiones al final.

Le voy a abrir mi corazón: Usted no tiene la menor idea de cuantas noches de mi infancia yo puse mi cabeza sobre mi almohada y lloraba ante la presencia de Dios (siendo aún un niño) porque no sabía si esa noche vendría Cristo en la nubes del cielo y se llevaría a mi familia al cielo, mientras que yo me quedaría por mis pecados en esta maldita tierra para la gran tribulación. 

 

Me enseñaron a amar a un Dios ambivalente e inestable, a un Dios lleno de emociones fluctuantes, pues me hacían creer que él mismo tenía una gran pluma de oro para escribir mi nombre en el libro de la vida y un borrador especial para borrarlo por cualquiera de mis travesuras.

La fe cristiana era una carga pesada sobre mis espaldas que realmente consideraba que la religión cristiana era la más cruel e irresistible de todas. ¡Imagínese usted! cualquiera de mis conductas indebidas como un niño travieso podían conducirme al mismísimo infierno. 

Un domingo, el día del Señor cantando en el coro de los niños y portándome como todo un modelo de hijo de pastores podía sentirme super salvo y amado por Dios.

El lunes en la tarde cuando me daba una escapada al cine a ver una película con mis amigos de la escuela, ya esa noche no podía casi dormir pensando que Dios me había borrado del Libro de la Vida.

Fueron años que viví en una sensación terrible, pues mi salvación eterna siempre estaba en juego por cualquiera de mis desobediencias. Recuerdo que culpaba a Dios y le cuestionaba por ser tan inestable e inseguro en sus más nobles y soberanos sentimientos, en verdad que había mucho enfado en mi corazón contra Dios, durante esos años.

Al entrar en la adolescencia tuve una sed enorme por estudiar con profundidad los temas de la teología cristiana y pude recurrir a mucha literatura cristiana muy vieja y excelente. Dios también ha colocado a hombres claves en el peregrinar de mi vida.

Al batallar en esta vida terrenal, Dios me ha permitido pasar por el dolor y el sufrimiento, por desiertos y por tormentos para darme cuenta que Él y solo Él es quien me ha asegurado la Eterna Seguridad de la salvación de mi alma. ¡Toda la gloria de esta paz la merece Dios quien me ha salvado y quien me lo ha revelado!

¡Oh! amigo lector, usted puede optar por no estar de acuerdo conmigo; aunque he tratado de abrirle un poco mi corazón en este ensayo y ruego al Espíritu Santo de Dios que ponga en usted la convicción de la seguridad eterna de la salvación de su alma para que pueda encontrar La Paz que el sano Evangelio de Cristo da.

Porque la salvación es de Dios y sólo viene de parte de Dios. Nada puede hacer el hombre para aportar a su salvación, basta con creer y de verdad descansar plenamente en la obra perfecta y consumada por el Hijo de Dios.

(Juan 19:30) 

¿Recuerdas a Adán y a Eva cubriéndose del pecado original con sus hojas de higuera? ¡ah! ya ellos querían aportar algo (en su indignidad) a su perdón y hacer su propio rescate. Dios los desviste y les hace túnicas de pieles y con ellas los viste. Es Dios mismo quien apunta al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. (Juan 1:29)

Querido lector, la Salvación es del Señor y es el Señor quien nos puede librar de la ira de Dios. No puede ninguna de nuestras miserables “buenas obras” o religiosidad en este mundo concedernos algún mérito para que Dios tenga piedad de nosotros.

 

La única obra digna y santa que a Dios le complace es ver a su Hijo unigénito derramando su sangre en la cruz del Calvario por todos nuestros miserables pecados. Ahí descarga Dios su ira contra el pecado.

El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.  (Juan 3:36).

¡Crea en la seguridad eterna de la salvación de su alma! Descanse desde ahora y para siempre en la obra completa de Cristo en la cruz del Calvario y crea que Dios es quien lo ha hecho todo por usted. Verá que el cristianismo dejará de ser una religión que atormenta y desgasta el alma.

Conceda toda la Gloria a Dios por la salvación de su alma, y disfrute de una relación personal con Él que no procederá más de su indigno esfuerzo sino de la fidelidad y del poder de Dios a favor suyo.

Podrá usted entonces ver que la salvación eterna es como un río de agua dulce que dará paz y descanso a su alma, será una fuente de agua viva que saltará para vida eterna. (Juan 4:14).

Descase para siempre en los brazos de la cruz de Jesús, estará siempre confiado y anclado en la obra de Dios a favor nuestro. Ya no estará más preocupado por su incapacidad para cumplir las normas morales que Dios reclama porque ha descansado en aquel que las cumplió perfectamente por usted y por mí:

Jesucristo, el Cordero de Dios quien quita el pecado del mundo. (Juan 1:29).

JESUS NOS DICE: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

 

Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos.

 

(Juan 10:27-30)

  Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. (Romanos 5:17)

Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 

¿Quién acusará a los escogidos de Dios?. Dios es el que justifica. 

(Romanos 8: 30-33).  

¡La Salvación es a la manera 

de Dios y no a la del hombre!

Himno tradicional cristiano con una letra muy profunda. ¡ponga atención!

Alcancé Salvación - Himno
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