La señal de ruido ha sido estudiada por muchos años por todos los ingenieros de electrónica y por todos aquellos quienes son especialistas del sonido.

 

Es imposible eliminar totalmente el nivel de ruido ya que los componentes electrónicos no son perfectos.

 

Sin embargo cada día la ciencia (más hoy, en la era de la tecnología digital) hace lo imposible para limitar el valor de la señal de ruido, logrando minimizar esta y tratando de que la señal de sonido resulte lo más limpia posible.

 

La señal de ruido en todo cristiano tiene un nombre y una definición muy clara. Su nombre es concupiscencia.

 

¿Qué es la concupiscencia? Es la propensión natural de todos los seres humanos a obrar el mal. Esto es una consecuencia del pecado original y está presente en todos nosotros, y sin acepción alguna.

 

Esta no se refiere solamente a los deseos del cuerpo a placeres sexuales sino también a deseos terrenales.

Somos tentados y seducidos por nuestra propia e interna concupiscencia. Es una señal de ruido presente en todo cristiano y es una inclinación interna y profunda al mal.

Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. 

Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. (Santiago 1:13-15)

Esta señal de ruido en nosotros (concupiscencia) es una frecuencia sucia y fea que resuena con nuestra inmundicia como pecadores caídos. Es una señal que nos incomunica de la sintonía perfecta con Dios.

Tristemente hay algo pecaminoso dentro de nosotros que resuena con nuestra inmundicia, la inmoralidad, el adulterio, la fornicación, el odio, la envidia, la avaricia, el chisme,todo esto resuena con cualquier cosa que el mundo nos pueda ofrecer y con todo lo que es pecado.

No todos los cristianos son capaces de reconocer humildemente esta señal de ruido. Y no todos estamos capacitados por Dios para aceptar la depravación total del hombre. 

No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. (Mateo 5:17)

Sabemos que nuestro Salvador vino a cumplir la ley. Y no solo a cumplirla sino a llevarla a un nivel ético tan elevado que el hombre jamás habría imaginado.

 

A la luz de los pasajes que siguen a las Bienaventuranzas en el Sermón del Monte, podemos observar un largo discurso de parte de Jesucristo.

 

Allí hay temas muy profundos sobre la limosna, la oración y el ayuno. En él se condena a quienes practican estos actos para obtener la aprobación de la gente, no realizando estos por una actitud real y sincera que sale del corazón.

 

Cristo condena la superficialidad del materialismo y la religiosidad hipócrita. Realmente una lectura a estos pasajes nos llevaría a mutilarse completamente para eliminar en nosotros parte de nuestra propia concupiscencia.

 

Una manera terrible que nos dejaría mancos y tuertos sin ver resultados auténticos que pudieran sacar la señal de ruido presente en todos nosotros: ¡Nuestra propia concupiscencia!

 

Véase El Evangelio según Mateo, los capítulos 5,6 y 7.

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