Hay una historia misionera sobre una decisión muy firme que hizo un matrimonio en el lugar que se encontraban ministrando.

 

Resulta que había una joven adolescente que había caído en un estado de choque emocional. Se encontraba desconectada del resto de la sociedad. No hablaba, no expresaba sus más elementales sentimientos y había optado por vivir una vida de aislamiento total y de terrible soledad.

Aquel matrimonio misionero hizo algunas averiguaciones de la historia de esta joven, y era que había sido abusada sexualmente por muchos hombres en su derredor, incluyendo aquellas personas que más debían amarla y protegerla.

La pareja cristiana hizo un compromiso firme con el Señor, y decidieron abrazarla todos los días a una hora determinada y pasar un rato al lado de ella, orando al Señor. Pasaron así muchos meses y no veían el más mínimo cambio en la actitud de aquella joven que parecía inmóvil y muerta.

 

También hubo momentos de desánimo y de incredulidad para ellos, más no dejaron de seguir en su fiel compromiso con Dios, de abrazarla y de orar con ella.

 

Después de mucho, mucho tiempo, un día tuvieron una sorpresa que no esperaban y comenzaron a observar que la joven comenzaba a tener ciertos temblores durante sus oraciones. Ellos decidieron seguir abrazándola y continuar orando con ella todos los días, aún cuando sólo notaban este cambio.

 

Después de otro largo tiempo de espera, un día inesperado la joven rompió en llantos y sin poder detener sus lágrimas lloraba y lloraba sin descanso. Este fue el inicio de un extenso camino al encuentro con la gracia de Dios. Así comenzó un largo proceso de restauración en su vida.

No se si te has sentido alguna vez como esta joven. Ojalá, que Dios haya querido llevarte (alguna vez) a un estado algo similar;  aunque no precisa exactamente de una condición físico y psicológica como la que se trata en esta historia.

 

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)...

 

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. (Efesios 2:4-9).

 

¿Has estado muerto alguna vez?

 

No puedes haber sentido el abrazo de Dios si en algún momento de tu vida no te has sentido totalmente desamparado, inservible, bloqueado, terriblemente separado, alejado, obstinado, mudo, ciego y casi irremediablemente muerto. ¿Has estado en rebeldía con Dios alguna vez en tu vida?

No hubo ninguna razón lógica ni obra alguna que hubiese hecho aquella niña para motivar el corazón de aquel matrimonio misionero. Fue sólo la compasión de Dios que hizo brotar en sus corazones este gesto de amor. Fue la obra excelsa de la Gracia de Dios obrando a través de ellos.

La única calificación que tenemos para que Dios nos mire con ojos de gracia y quiera darnos su abrazo es precisamente nuestra soledad y la agonía por nuestro pecado y rebeldía.

Este matrimonio hizo un compromiso sincero y firme en dar gracia sobre gracia. Habían decidido firmemente delante del Padre de las luces, de ofrecer el abrazo de Dios a esta niña, muda, insensible y muerta.

Fue ese abrazo constante, estable y eterno que cambió el corazón y la actitud de aquella jovencita y que le hizo despertar a ella al renacer de un nuevo amanecer en su vida, a pesar del terrible caos que afrontaba su alma.

 

Dios me ha abrazado a mí, mil veces así. Y mil millones de veces he sentido que he estado como esa niña y mil millones de veces ese abrazo de Dios ha estado ahí. ¡Aleluya!

Porque el Dios que una vez te abraza, nunca te dejará de abrazar. El abrazo de Dios es hasta el final. Es desde y para la eternidad. El abrazo de Dios es tan fuerte, tan excelso, dulce, tierno, estable e incomparable que pone al pecador a temblar.

 

El abrazo de Dios quebranta, estremece, toca las fibras más profundas del corazón humano y cuando solo comienza su efecto es a Dios a quien también quieres eternamente abrazar. Es una dinámica tan celestial que sólo a Dios quieres amar.

 

Este abrazo de Dios no hay palabras en el mundo para describirlo. No habrá nunca la suficiente tinta ni papel para contarlo. No hay manera que el hombre pueda trasmitir con letras y palabras la descripción de este abrazo divino.

 

El abrazo de Dios me salva, me justifica, me santifica y me lleva a morar con Él.

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