Es la sublime gracia de Dios: La única que sostiene y fortalece al cristiano en los momentos más cruciales de su vida. Cuando fallamos o pecamos contra Dios es solo la presencia del Espíritu Santo quien nos redarguye de pecado y de juicio; pero al unísono es la gracia de Dios la que nos alienta y sostiene revelando el amor, el perdón y la restauración que viene del Señor.

 

La gracia proclama el hecho operado y consumado por Dios. Es el regalo inmerecido para todo pecador que cree y descansa por completo en la obra operada por Cristo en la cruz del Calvario. Personalmente puedo contarles que si no fuese por ese amor tan sublime que Dios me expresa a través de su gracia todos los días, no sé qué hubiese sido de mi vida.

 

Me ha tocado un paquete de dolor, sufrimiento, enfermedades y pecado con sus respectivas consecuencias que no hubiese podido soportar sin el consuelo y el alivio que ha producido la gracia de Dios en mi vida.

 

!Oh! Sublime gracia del Señor la cual proclamaré por el resto de mis días!

En el momento más desesperado de mi vida, en el pecado más terrible que haya cometido, en la tormenta más recia que haya afrontado, la gracia de Dios me ha susurrado a mi oído y con voz tierna y firme me ha dicho: “Has pecado, le has fallado a Dios otra vez, la situación es terrible; pero el favor inmerecido de Dios, te va a sostener todavía".  Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.

 (2 Corintios 12:9).

!Oh! Qué precioso fuese que el lector de este ensayo pueda haber disfrutado de este misterio del evangelio de Cristo. Cuando esa gracia irresistible del Señor te confirma y ratifica una y otra vez a tu alma que Dios te ama, te perdona, sana tus dolencias, te restaura y tiene Dios un compromiso eterno de redimir tu alma.

 

Cuando el creyente en Jesucristo ha podido saborear en lo más hondo de su corazón este sentir, nunca más el evangelio será aburrido, religioso o forzado.  Cuando la gracia de Dios nos toca de esta manera comenzamos a sentir un río de agua viva que salta para vida eterna. Iniciamos cada día de nuestra vida con un agradecimiento indescriptible por este favor inmerecido del Señor que nos rescata, impulsa y sostiene. 

La gracia de Dios es la locomotora del evangelio. Es la fuerza (el dinamismo) enviada desde lo alto que representa el amor no merecido de Cristo por nosotros.  La locomotora del evangelio es la energía renovadora y vivificadora que conduce al cristiano a seguir fiel en los caminos del Señor.

Por alguna razón los apóstoles en sus epístolas usaron frecuentemente la palabra griega kharis (gracia) como sinónimo de la palabra dinamis que es (fuerza) energía.

Es la gracia del Salvador, la locomotora del evangelio, el motor impulsor o el combustible del cristiano. Es la fuerza invisible que nos provoca amar, servir y hacer buenas obras para Dios.

 

No se disfruta de una vida cristiana de gozo, paz y descanso cuando el creyente está afanado en sus propios esfuerzos religiosos y en sus aparentes obras de piedad por ganar el cielo.

 

Todas las obras de un cristiano deben fluir de una manera muy hermosa y suave si están movidas por ese motor impulsor de la locomotora de la gracia de Dios. La única fuerza capaz de impulsar al creyente a las "obras de agradecimiento" por el amor y el perdón que vienen de parte de Dios. 

 

Si un cristiano sinceramente crece y comienza a dar frutos es porque la gracia de Dios está trabajando en él. 

 

"Porque Dios es el que en vosotros produce el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:13). 

Los frutos y obras del creyente regenerado por Cristo son auténticos cuando están motivados por la gracia de Dios

y no son producto de la religión de los hombres.

 

Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno,

os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos".

Amén. (Hebreos 13:20 y21).

Es triste que tantos falsos maestros están dando arengas y sermones de exhortación por donde quiera que van. Están tan afanados y preocupados por querer producir cambios (urgentes) en la vida de los congregados que han tomado el rol de la locomotora del evangelio y se han colocado en el lugar de esta. Por lo tanto es hora de...

 

"Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos".

 (Isaías 26:4). 

 

Oh! pastores, evangelistas y maestros que enseñan la Biblia es tiempo de comenzar a confiar en Jehová sinceramente. No aten más exigencias y exhortaciones (cargas pesadas) a la vidas de los creyentes. ¡Basta ya!

 

Solo pueden moverse los vagones porque la locomotora de Dios los impulsa. No somos salvos porque hacemos “buenas obras” para la salvación sino que algo “bueno” brota de nosotros porque hemos sido salvados. 

No son los sermones acerca del temor a Dios los que me han llevado a este punto. Tampoco han sido las prédicas amenazantes y condenatorias con respecto al infierno las que me han hecho mirar a Dios con otros ojos.

 

¡Es el destello de su gracia y de su perdón lo que han conmovido mi corazón y me ha llevado a servirle!

Los cristianos visitamos las iglesias porque estamos muy deseosos de escuchar acerca de la locomotora de Dios. No queremos más arengas de juicios y condenación. Veáse esta cita para más referencia Mateo 23:4.

Los genuinos creyentes somos personas que estamos algo quebrantadas y devastadas en nuestras fuerzas porque hemos reconocido que no podemos ganar o merecer la salvación.

 

Queremos los Domingos escuchar en la iglesia de esa ignición y energía de la locomotora del evangelio. Necesitamos volver a rememorar el aliento que solo viene de Dios. ¿Tenemos hambre y sed de su Justicia?. (Lea un ensayo relacionado)

 

El mundo necesita de predicadores que tengan un mensaje constante de la gracia del Salvador. Los pecadores estamos necesitados de conocer que podemos volver a Dios y esperar en su tiempo que esa gracia paulatinamente nos transforme. (Veáse Filipenses 1:6).

 

Si usted predica la Palabra del Señor crea de una vez por todas en el poder divino de la gracia de Jesucristo. 

 

¿Quiere ver a su congregación dando

frutos para la obra de Dios?

 

Entonces no cese ni un momento de hablar de la locomotora de Dios, de la gracia inmerecida del Redentor, la única fuerza capaz de impulsar a las vidas a dar frutos y a dar servicio en la obra del Señor.

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