El ser humano tiene varios anhelos muy fuertes dentro de sí, y entre estos podríamos citar varios como “el deseo de ser amado y ser aceptado”; pero hemos de referirnos en esta ocasión al  anhelo desperado en nosotros de acumular y conservar relaciones humanas. Queremos contactos por donde quiera, locales, nacionales e internacionales

Cada día más, vivimos en un mundo más competitivo que exige irremediablemente que el hombre establezca muchos contactos, los desarrolle, y los cultive.

Estamos muy felices cuando tenemos de amigo, al médico de mucha experiencia, al más elocuente maestro para nuestros hijos, al ilustre pastor que nos visita a la casa, el reconocido abogado que nos defiende en problemas legales.

Oh! que maravilloso ser amigo de un buen mecanico para el automóvil, al buen terapeuta para los dolores, y la lista de contactos es larga y extensa. Muchos creen que mientras más amistades y contactos logremos atesorar más seguros y confiados podremos estar.

A veces hemos entrado en una batalla muy desenfrenada de unos contra otros por ver quien va acumulando un mayor número de contactos importantes en este mundo. Por ejemplo muchos reconocen que sus negocios dependen de las relaciones humanas cultivadas y sostenidas y creen que su entorno se hará más exitoso en la medida que estas relaciones crecen, se desarrollan y dan provecho.

UN CAOS DESDE EL PECADO ORIGINAL

¡Que triste la condición del hombre!  Atrapado aún en las ruinas de su pecado original, pues desde la caída en el huerto del Edén las consecuencias del pecado han sido fatales; pero una de las mayores desgracias fue haber perdido la relación personal con Dios.

 

La Biblia lo describe así: Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. 

(Génesis 3:8). 

Después de la caída, el hombre pierde la relación más valiosa e importante de todas en este mundo y en el venidero: Ha perdido la comunión perfecta con El Creador.

 

Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida. (Génesis 3:24).

 

El pecado produce una gran barrera entre el hombre y Dios, y nos separa a todos de la perfecta comunión con Él.

 

Habremos de tomar consciencia de nuestro vacío interior. En nuestra necedad de pecado hemos comenzado una búsqueda muy alocada por atesorar relaciones con cuanta persona pasa por nuestro lado.

 

Buscamos la relación con el abogado, con el médico, con el hombre de negocios, con el vecino, con el jefe, con el pastor, con la familia, con el mecánico, con el artista, con el cónyuge, con los hijos, y con todos los que nos imaginemos, menos la relación con Dios.

 

¡Qué triste ansiedad la del hombre pecador!

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