Siendo sincero con mis amigos lectores debo reconocer que esta pregunta me asalta a veces:  ¿Quienes estarán conmigo en mi cielo? esta inquietud personal tiene un término raro: “mi cielo” y es que la verdad nadie puede hacer conjeturas ni conformar ideas de cómo es el cielo y menos aún considerar con plena certeza a quienes Dios finalmente decide llevar con Él, a Su Cielo. 

Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. (1ra. Corintios 2:9).

 

Sin embargo, la inquietud de mi pregunta surge de la meditación de las parábolas de Cristo y esta duda asalta de pronto, mi corazón:

¿Estará usted conmigo en "mi cielo"?

Entonces Jesús le dijo: Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos. Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya todo está preparado. Y todos a una comenzaron a excusarse.

 

El primero dijo: He comprado una hacienda, y necesito ir a verla; te ruego que me excuses. 

 

Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que me excuses. 

 

Y otro dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir. 

 

Vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor. Entonces enojado el padre de familia, dijo a su siervo: Vé pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. 

 

Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y aún hay lugar. Dijo el señor al siervo: Vé por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena.

 

La gracia y la misericordia gratuita del Señor son la cena y el banquete para el hombre que está destrozado, abatido, y lleno de necesidades espirituales.

 

Todos los “dignos”, “honrados” e “importantes de la sociedad” a quienes el Señor les había invitado, al gran banquete celestial encontraron un pretexto para rechazar la celebración a la Gran Cena de Dios.

 

Quienes rechazaron el banquete tenían sus propios dioses y sus propios ídolos, de manera que estaban tan comprometidos que no podían ser quebrantados en sus corazones por la invitación divina de La Gracia del Salvador.

 

Algunos eruditos de las escrituras consideran que esta parábola puede estar refiriéndose a la nación judía que rechazaba el ofrecimiento de la gracia de Dios. Y otros consideran que podría haberse estado refiriendo  el llamado de Jesús a sus discípulos para que predicaran a los gentiles cuando los judíos rechazaron la oferta del evangelio.

 

Estas conjeturas teológicas no son importantes para mi ensayo hoy y solo quiero mencionarlas; pero he decidido anclar el meollo de esta interpretación de la manera siguiente: los mancos, cojos, ciegos y pobres en espíritu son los forzados al banquete celestial de nuestro Salvador.

¡La gracia de Dios es para ellos!

Hay otra anécdota de Cristo que cala muy profundo mi alma y me hace pensar una y otra vez en ese término que me invento de “si estará usted conmigo en mi cielo...”

 

Y Jesús vuelto a la mujer dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.

 

No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.

 

Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.(Lucas 7:44-50)

 

No quiero hacer más extenso este ensayo porque no hay que escribir tanto para que Dios pueda hacer una obra profunda en nuestros corazones.

 

Amigo lector, espero que te hayas sentido alguna vez pobre, manco, cojo o ciego delante de la misma presencia de Dios o bien que hayas alguna vez querido lavar con tus lágrimas los pies de Jesús y llorar sinceramente sobre ellos porque usted y yo también lo llevamos a la muerte, y a la muerte de cruz.

 

Si acaso es usted de aquellos cristianos afortunados que no ha descendido a las miserias del pecado como aquella mujer, cuanto me alegro por usted; pero espero que Dios pueda revelar a su alma su depravación total y la iniquidad que anida su corazón para que entonces pueda saborear ese profundo sentir de ser cojo, manco, ciego o pobre en espíritu delante de la misma presencia de Dios.

 

¿Quiere recibir un aviso
por correo de los
 editoriales nuevos?