... el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. (Lucas 15:13).

El hijo rebelde decide pedir al padre la parte de los bienes que le correspondían, a pesar de estar su padre en vida. Es importante comprender que lo que ocurre en esta escena es algo bien hiriente y ofensivo contra su padre.

Jesús nos está contando sobre un hijo que solicita la fortuna de su padre, estando su padre en vida, está diciendo en otras palabras: "quisiera que ya te hubieras muerto y pueda de inmediato disfrutar mi herencia".

Me pregunto: ¿Qué haría un padre común ante una demanda tan cruel de su hijo en plena vida? 

 

Las reacciones de un padre común pueden ser muy diversas; pero seguro estoy que muy pocos pueden reaccionar como el Padre que Jeús nos dibuja en esta parábola.

Es posible que un padre ordinario hubiese contestado algo asi: “¡añoras tanto mis bienes que deseas verme ya muerto! ¿esto solo quieres de mí?; sin embargo en la  mente de Dios se generan reacciones muy diferentes a las terrenales y serenamente Jesús nos cuenta:“…y les repartió los bienes”. (Lucas 15:12).

Un Padre justo y celestial que a todos nos ama por igual, nos ha repartido bienes a los hijos obedientes y a los desobedientes, a los cumplidores de la ley y a los rebeldes también.

 

Nosotros de una manera u otra los hemos despilfarrado y habremos tomados caminos diferentes que nos han conducido a un destino común: Nos han alejado de la comunión íntima con el Padre.

Dios nos reparte Sus bienes a usted y a mí todos los días de nuestra vida.

¿Qué hacemos con esta herencia de Dios para nosotros?

El hijo pródigo tomó su fortuna y se marchó lejos. Allí se dejó llevar por todo el placer mundanal, el materialismo, la vanidad, la libertad sexual y sobre todas las cosas por ese anhelo pecaminoso de ser independiente de su padre.

Dejar el hogar es mucho más que un simple acontecimiento ligado a un lugar y a un momento. Es la negación de la realidad espiritual de que pertenezco a Dios con todo mí ser, de que estoy grabado en las palmas de Sus manos, de que estoy escondido en la sombra de Sus alas y que no podré encontrar la paz y saciar mi sed fuera de la comunión con Mi Padre Celestial.

Dejar el hogar es: alejarnos de Su presencia, es dejar de conversar con Dios todos los días. Es considerar la idea de que algo podemos hacer con nuestras propias fuerzas sin tomar en cuenta la comunión y la dependencia que necesitamos de parte de Dios. 

El padre tiene derecho pleno a disfrutar de sus bienes y de sus riquezas mientras esté vivo. Así que el hijo menor no tenía derecho alguno de la herencia hasta después de la muerte de su padre; no obstante los conceptos de Gracia Divina que que solo puede venir de la mentalidad de un Padre Celestial que nos ama incondicionalmente, nos cuenta que en paz, “les repartió los bienes”.

He abandonado el Hogar

¡He escapado de las manos benditas de Dios y he corrido hacia lugares lejanos en busca de otro tipo de amor! Esta es la gran tragedia de mi vida y de la vida de tantos y tantos que encuentro en mi derredor.

De alguna forma me he vuelto sordo a la voz que me llama <mi hijo amado eres tú y en ti tengo complacencia>.

 

He abandonado el único lugar donde puedo oír esa voz, y me he marchado esperando encontrar en algún otro lugar de la tierra lo que yo no era capaz de encontrar en la Casa de mi Padre.

 

Muchas son las voces que podemos escuchar en este mundo moderno y secular que nos dicen: Sal y demuestra al mundo que vales y lo que con tus propias fuerzas puedes hacer.” La realidad es que todos estamos desesperados por sentirnos amados, valorados, por tener éxito y fama en este mundo terrenal y pasajero.

Esas voces llegan a lo más íntimo de mi vida todos los días, y quizás a la suya también. Me sugieren que tengo que hacer una serie de esfuerzos y un trabajo muy duro para ganarme el derecho a que la gente me ame.

¡Sólo Dios me puede sostenerme en medio de las voces que me quieren alejar de la

Casa del Padre Celestial!

Por lo tanto concluyo que:

Dejo el Hogar cada vez que pierdo la fe en aquella voz tierna y amante que me dice “mi hijo amado eres tú, y es en ti que tengo complacencia" y hago caso de esas voces que me ofrecen a gritos una inmensa variedad de formas para ganar el amor y la aceptación que tanto ha anhelado mi corazón; sin embargo ya lo sé, en Dios he de encontrar un amor estable e incondicional por los siglos de los siglos, Amén.

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