Seguramente que alguna vez en su vida ha visto un tren que lleva a su locomotora al final, luego de una lista grande de vagones. He podido incluso observar que el tren funciona también; aunque no sea lo más usual. 

 

Pues precisamente, el tren del evangelio también corre al revés cuando las obras y los frutos del creyente están más enfatizados en la predicación que la gracia y el amor del Señor. Cuando se ha caído en el gravísimo error de colocar a los pecadores unas cargas muy pesadas en sus hombros para alcanzar la gracia de Dios  es entonces que el tren del evangelio ¡marcha al revés!

 

He escuchado millones de veces a los predicadores predicar con una dinámica tremenda; pero exponiendo al mundo el tren del Evangelio de Jesucristo totalmente al revés. Nos hacen pensar que tenemos que cambiar una serie de cosas para luego ser impulsados por la locomotora de la gracia del Salvador.

Existe la tendencia de añadir cosas al evangelio de Cristo. Muchos creen que es como un pastel terrenal, que debe llevar muchos adornos para estar completo. Añadir atuendos humanos a un mensaje del cielo es adulterar la más sublime esencia del mensaje de Dios al hombre. 

 

No es nada comparable del todo; pero poniendo ejemplos terrenales sería como añadir agua a la leche o bien es como mezclar el oro con otros metales para obtener distintos tipos de quilates. 

 

Añadir otras cosas a la obra de Jesús en la cruz es negar la obra consumada que realizó el Hijo de Dios.

Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.

(Gálatas 1:6 y 7)

Cuando los vagones están primero que la locomotora de la gracia del Salvador se cae en la trampa religiosa de vivir por la obediencia. Estos son los creyentes que se caracterizan por una lucha constante por su justificación. 

En realidad, todos tenemos una profunda necesidad de sentirnos valiosos y como pecadores de una manera inevitable tendemos a diferentes estilos de religiosidad y repetimos una serie de frases y de conductas hipócritas para parecer buenos. 

Cuando intentamos hacer valer nuestros propios sacrificios y rituales, cuando nos enfocamos en resaltar nuestros propios éxitos para que otros vean la vida moral o la aparente "victoria" que tenemos, estamos poniendo vagones de esfuerzos antes de revelar a otros la obra que Cristo ha hecho en nosotros.

En lo más interior de nuestras almas creemos que una carrera universitaria, una profesión, una apariencia, el amor, los logros, las buenas causas, la familia o la moralidad pueden ser algunos de los adornos que nos darán reconocimiento para este mundo. Y pensamos de manera equivocada que estas cosas nos pueden hacer merecedores del respeto de los hombres y también ¿por qué no? de la justicia de Dios.

Cuando los vagones comienzan a correr sin ser totalmente impulsados por la gracia del Salvador, entonces se generan "cristianos" que han llegado a pensar que pueden acercarse a Cristo por medio de la obediencia.

 

Este tipo de gente religiosa comienzan a desarrollar un patrón de conducta aparentemente bueno y aceptable para la gente religiosa. Comienzan a adquirir nuevos hábitos y frases propias desarrollando un testimonio basado en la actuación.

 

Significa que han pensado que pueden conseguir el beneplácito de Dios por lo que hacen. Y siguen esforzándose para Dios y para con los hombres.

 

Es una manera muy sutil de una salvación propia, negando el sacrificio y la obra consumada de Cristo. (Juan 19:30).

 

Esto fue precisamente lo que le sucedió a los cristianos de los Gálatas. Pablo les amonesta por “añadir” a su fe cristiana y les dice que añadiendo cosas a su fe están distorsionando el Evangelio. ¿Qué estaban añadiendo? pues, estaban añadiendo la obediencia.

Decían que la fe en Cristo solamente no era suficiente, sino que necesitaban añadirle alguna práctica judía, y en este caso, el de la circuncisión. (Gálatas 2:7).

Hoy en día, la mayoría de nosotros no somos judíos por lo que el tema de la circuncisión no nos aplica; pero todos los cristianos del mundo estamos propensos a caer en la misma tentación de la afanosa religión cristiana.

 

Esto no significa de ninguna manera que el cristiano no se tome en serio los mandamientos de la Biblia; por supuesto que la obediencia es importante cuando es un producto que brota de manera natural por la gracia de Dios obrando, en nosotros.

 

Debemos reflexionar:

 

¿Por qué obedezco? ¿Obedezco para conseguir algo de Dios o porque estoy cautivado por su amor?

¿Van los vagones impulsados por la gracia de Dios o estoy impulsando los vagones por mis esfuerzos y trabajos en la viña del Señor?

 

Es un error garrafal en el sano Evangelio de Jesucristo pensar que: “Soy salvo por gracia; pero necesito obedecer para ser justo delante de Dios”.

 

Los creyentes enfocados en las obras siempre están demasiados preocupados por los pecados de otros y no pueden asomarse a ver los de ellos, y es que todo su evangelio está basado en las obras y el testimonio del cristiano, por ende su tema de conversación son las conductas del hermano y no la Gracia de Dios a favor de los pecadores.

El tema afín de los hijos de Dios debería ser el amor y la gracia del Salvador, y comentar de todo lo que Dios ha hecho y hace a favor de nosotros los pecadores, quienes no merecemos bondad alguna. (Romanos 5:8). Todo cristiano sincero reconoce que si algo "bueno" brota de él es Dios quien lo ha producido, generado y trabajado.

Conclusiones

Un cristiano sincero no se arrepiente sólo de sus pecados, sino también de todas sus "buenas obras, de su testimonio, de sus trabajos en la iglesia, de su evangelización y de todas las mejores intenciones de su corazón" porque se despoja de todos sus propios esfuerzos para dar toda la gloria a Dios y descansar plenamente en la justicia alcanzada por la obra de Jesús.

 

No hay nada realmente “bueno”, en nosotros para merecer el favor del Señor. Es cierto que necesitamos el perdón por nuestros pecados; pero necesitamos también de manera urgente el perdón de nuestras “mejores obras” porque todas ellas están matizadas del pecado y de la inmundicia que está en nosotros, de la genética espiritual del primer Adán.

¿Has orado al Señor (alguna vez) de esta manera? 

 

“Señor, Tú podrías condenarme por las mejores acciones que yo haya realizado para tu obra, porque sé que en todas ellas hay una porción de mi pecado y un destello del ego de mi corazón.

 

Muchas veces he buscado mi gloria, mi exaltación y no la tuya, perdóname, Oh Dios.” Amén.

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